Bohemian Justice
En 1980 mi abuela se pasó cuatro meses en Los Ángeles y a su regreso a Cuba me trajo cuatro casetes que me cambiaron la vida: los greatest hits de Queen y Electric Light Orchestra, el Presence de Led Zeppelin y el Revolver de los Beatles. En aquel entonces, lo único que pasaban de Queen en la radio cubana era "Another one bites the dust", que es de lo peorcito del grupo. Yo no imaginaba que en el mundo del rock podía existir algo como “Bohemian Rhapsody”, “Somebody to Love” y “Bicycle Race”.
Los grandes éxitos de Queen también le cambiaron la vida a mis amigos y así nació la idea de crear un grupo de rock, algo tan natural entre los adolescentes de la época como montar patinetas, jugar a los bolos o resolver el cubo de Rubik (claro, hablo del mundo libre). Con ese propósito nos apuntamos en una clase de guitarra que ofrecía la Casa de Cultura de nuestro pueblo.
El instructor era un joven recién graduado que estaba haciendo el servicio social. Tenía el pelo largo y pinta de yuma, por lo que mis amigos y yo lo llamábamos Peter Frampton. El primer día de clases, intuyendo tal vez algo “raro”, el joven Frampton quiso saber la razón por la que queríamos tomar la clase. Nosotros, con toda la ingenuidad de nuestros trece años, le dijimos que queríamos aprender a tocar como Brian May y Jimmy Page.
A la mañana siguiente fuimos citados a la dirección de la escuela secundaria donde estudiamos. Yo no recordaba haber hecho nada malo, pero el director nos recibió con cara de circunstancias. "¿Es cierto que quieren aprender a tocar guitarra para formar un grupo de rock?", preguntó. "¿Y por qué no uno de música guajira o de folclore andino? ¿También se van a dejar el pelo largo como jevitas? ¿Es así como demuestran su compromiso con la Revolución?".
Nunca he olvidado la sensación de extrañamiento que sentí en aquel momento: un sentimiento inédito que era una mezcla de angustia y bochorno, de abandono y desolación, porque a los trece años —eso lo entendería mucho tiempo después— era imposible comprender que estaba siendo víctima de una acción que en cualquier sociedad civilizada del mundo se penaliza con todo rigor: el maltrato infantil.
Cuatro décadas después de aquel suceso, asisto al último concierto del programa vocal donde mi hija Carolina ha cursado estudios en los últimos siete años —Miami Arts Studio, 6-12, @Zelda Glazer— y sin esperarlo, sin pedirlo, la vida me regala un momento que parece salido de un guión.
Combinando imágenes en video con un llamativo diseño de luces, los estudiantes asumen el reto de interpretar “Bohemian Rhapsody”. Exceptuando algunos solos, casi toda la pieza la ejecutan en vivo. Logro distinguir el rostro de mi hija entre los integrantes del coro y pienso que nunca la he visto más feliz. El teatro se estremece con las voces de más de cien adolescentes que cantan al unísono: “Scaramouche, Scaramouche, will you do the Fandango?”.
La apoteosis de la presentación ocurre durante el segmento rockero de la canción, cuando el Dr. Miguel A Balsera, director del colegio, aparece entre los coristas como si fuera Brian May, ataviado con una peluca e imitando sus movimientos con una guitarra de juguete. Los chicos saltan a su alrededor y los padres comprueban por qué sus hijos adoran a Dr. B.
Pero todavía hay tiempo para una sorpresa más, porque en ninguna interpretación de “Bohemian Rhapsody” que se respete puede faltar el sonido del gong al final. Ese honor le corresponde a la subdirectora de la secundaria, Ana Díaz, quien emerge del foso de la orquesta y revienta el disco con un mazazo que todos sentimos como un golpe de felicidad en el pecho.
El recuerdo de Peter Frampton me viene a la mente al día siguiente de la presentación. Ciertamente él no mató a un hombre, como canta Freddie Mercury en la célebre canción, pero sí acabó con la inocencia de tres niños que hasta ese momento desconocían el verdadero significado de la expresión “hijo de puta”.
Después, buscando información sobre el significado de “Bohemian Rhapsody”, leo que en la Commedia dell’Arte Scaramouche era el bufón cobarde a quien el Arlequín siempre terminaba apaleando.
Gracias, hija, por transformarte en Arlequín en tu último concierto y ahuyentar para siempre a los bufones del pasado.