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Regresar a Montréal

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Para Tete

La primera vez que estuve en New York me pareció que había regresado a un lugar conocido. Lo mismo me ocurrió en mi primera visita a Ciudad de México. Mi percepción no tenía nada que ver con reencarnaciones y mucho con la imaginación, lecturas, el cine y la televisión.

Crecí viendo una foto del skyline de New York en un libro de Geografía de mi madre, maestra de esa asignatura en Cuba. Era un volumen publicado por una editorial suramericana antes de 1959. También se mostraban fotos de la Iglesia de San Patricio, de Rockefeller Center y del Brooklyn Bridge.

A fuerza de imaginar cómo sería caminar por las calles de la Gran Manzana, terminé formándome una idea bastante real del New York que conocería veinte años después. Visualizar muchas veces Manhattan, la célebre película de Woody Allen, contribuyó a afianzar mi imagen de la ciudad.

Mi fascinación con Ciudad de México también tuvo su origen en el cine. A comienzos de 1980, el Canal 2 de la Televisión Cubana pasaba diariamente una vieja película mexicana o argentina. La película comenzaba a las dos de la tarde, justamente después que regresaba de la escuela.

Aquellas películas eran casi todas filmadas en platós —en el caso de las mexicanas, en los legendarios Estudios Churubusco—; pero era común que mostraran “planos de establecimiento” de lugares emblemáticos de la ciudad: El Ángel de la Independencia, la Fuente de la Diana Cazadora, el Monumento a los Niños Héroes y el Alcázar de Chapultepec.

Llegar a la capital mexicana muchos años después, en un viaje de trabajo, fue como regresar a aquellos mediodías de mi infancia. La ciudad era justamente como la había imaginado. El paisaje urbano, como el de tantas ciudades latinoamericanas, parecía ignorar el paso del tiempo.

Rememoro estas experiencias en la víspera de mi primer viaje a Montréal, otra urbe mítica de mi infancia. Pero a diferencia de New York y Ciudad de México, nunca tuve una percepción gráfica de la ciudad. Mi recuerdo a ese sitio está ligado a un nombre —Alberto Juantorena— y a un evento deportivo —los Juegos Olímpicos de 1976.

En mi infancia escasearon los héroes y sentía aversión hacia “las ofertas” del cine y la televisión, que oscilaban entre un mambí lenguaraz, herramienta animada del nacionalismo castrista, y un insoportable payaso alemán, ¿o era checoslovaco? Como si fuera poco, la mía era de esas familias “gusanas” que nunca querían que triunfara la selección cubana de béisbol, hecho que era utilizado por la dictadura con fines propagandísticos.

Con Juantorena en Montréal fue distinto. O sea, sus triunfos —medallas de oro en las carreras de 400 y 800 metros—, también fueron celebradas como un “logro revolucionario”, pero tal vez porque el corredor era poco conocido y resultaba menos indigno celebrar una victoria individual que colectiva, mi familia se dejó arrastrar por el entusiasmo general del momento.

Yo me puse una camiseta blanca, le escribí el número del corredor en la espalda y pasé una semana trotando con los amigos del barrio hasta que se me hincharon las piernas y tuve que ponerlas en una palangana con agua caliente. Si existió un Forrest Gump cubano, ese fui yo.

Fue tanto nuestro entusiasmo durante aquellas semanas, que mi hermano y yo convertimos el inmenso patio de nuestra casa en una versión tropical del Estadio Olímpico de Montréal: los cajones de salto largo y triple salto los construimos junto a una mata de mango (rastrillábamos la tierra para detectar las faltas) y para el salto alto atamos una soga a las ramas de un ciruelo y un guayabo. Los gorriones, las lagartijas y los gatos eran nuestra audiencia.

El mayor de los hermanos García hacía alardes de sus conocimientos deportivos dirigiendo las competencias y preparando el terreno: yo era algo así como su conejillo de indias olímpico. Una tarde organizó una carrera de 400 metros en el terreno de la escuela primaria y propuso que utilizáramos el sistema escalonado de salida o arrancada por carriles (los carriles teníamos que imaginarlos, pues el terreno estaba cubierto de hierba). A mí me correspondió el carril interior y me negué a participar. “¡Estamos en San Luis (Pinar del Río), no en Montréal!”, debí decirle a mi hermano. “¡Voy a ser el último en llegar a la meta!”.

Pasaron los años y, como Elpidio Valdés, como Teófilo Stevenson y Víctor Mesa, Alberto Juantorena se me hizo antipático. Que fuera nombrado vicepresidente del INDER (Instituto Superior de Educación Física y Recreación), da una idea del nivel de genuflexión alcanzado por el famoso corredor, solo comparable a sus hazañas deportivas.

Hace tiempo leí una entrevista que le hicieron a Ismail Kadare, el recién fallecido novelista albanés. “Lo primero que hace el comunismo”, decía el escritor, “es arrebatarte la alegría de vivir”. Yo diría que primero te arrebata a los héroes de tu infancia. ¿Y qué es una infancia, o el recuerdo de ésta, sin héroes?

P. D. A pesar de mis remembranzas, nunca pensé visitar el Estadio Olímpico de Montréal hasta que llegué a la ciudad con mi familia y descubrí que una de las instalaciones del complejo deportivo, el velódromo contiguo al estadio, ha sido transformado en un “museo vivo” donde se recrean ecosistemas geográficos del planeta: la Amazonía, el bosque y el golfo de San Lorenzo (Canadá), el Polo Norte y el Polo Sur. El Biodôme, que así se llama, resultó ser la atracción favorita de mi hijo en la ciudad quebequés. También lo fue para mí. Junto a los ecosistemas del planeta me reencontré con el patio de mi infancia, con el estadio olímpico de mi niñez. Allí fuimos, mi hermano y yo, felices e inocentes. Allí, en nuestra imaginación, fuimos los héroes y campeones del verano de 1976.

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