Autopista Bernhard
El escritor Juan Abreu me transmite la fiebre por Thomas Bernhard y leo casi de un tirón tres de sus novelas: El aliento, El malogrado y El sobrino de Wittgenstein. Bernhard es adictivo, pero hay que ir con cuidado: su misantropía y pesimismo son tan liberadores como contagiosos. Sin embargo, y para mi sorpresa, en El sobrino de Wittgenstein descubro una definición de la felicidad con la que me identifico plenamente. Una definición, viajera, sobre el estar contento:
“Y la verdad es que solo sentado en el coche, entre el lugar que acabo de dejar y el otro al que me dirijo, soy feliz [...] en cuanto he llegado a Nathal, me pregunto qué se me ha perdido en Nathal, en cuanto he llegado a Viena, me pregunto qué se me ha perdido en Viena”.
A los que nos gustan los roadtrips, el “ser feliz en el auto y en el viaje” constituye la esencia de cualquier recorrido. La definición de Bernhard recuerda a Itaca, el famoso poema de Kavafis —no apresures nunca el viaje, mejor que dure muchos años—, pero al contrario del poeta griego, que transforma a sus lectores en Odiseos modernos, el viajero de Bernhard es un antihéroe incorregible.
El novelista exagera su rechazo a los designios geográficos, pero acierta en describir la anticipación de un destino como uno de los momentos más significativos del viaje. Quien mejor expresó esa contradicción, como tantas otras paradojas, fue Borges. En Atlas, un pequeño libro de crónicas ilustrado con fotos de María Kodama, escribió lo siguiente::
“Las vísperas de un viaje son una preciosa parte del viaje. El nuestro a Europa comenzó, de hecho, anteayer, el 22 de agosto, pero lo prefiguró aquella cena del dieciocho. En un restaurante japonés nos reunimos María Kodama, Alberto Girri, Enrique Pezzoni y yo. [...] El viaje que nos parecía inmediato, preexistía en el diálogo y en el imprevisto champagne que nos ofreció la dueña del local. Estábamos así en Buenos Aires, en las próximas etapas del viaje y en el recordado y presentido Japón. No olvidaré esa noche”.
Los sentidos de Borges y de sus amigos se expanden, instalándose en ese futuro inmediato donde desean estar. Por eso la cancelación de un vuelo a última hora, más allá de los inconvenientes prácticos, tiene siempre un efecto desolador. Les ocurrió hace poco a unos amigos cuando salían para el aeropuerto. Viajaban a Londres y recibieron una llamada de la aerolínea: su vuelo había sido aplazado para el día siguiente. De repente se sintieron desubicados en su propia casa, desenterrados de ese futuro londinense que ya creían suyo.
El goce de estar conduciendo por horas tampoco deja de ser una contradicción, por lo menos en personas como yo, que sienten un interés casi nulo por los automóviles. Pero hacer un roadtrip es ponerlo todo on hold, sustraernos de las contingencias de la vida y escapar a la tiranía de un espacio fijo. Nadie como el autor de El sobrino de Wittgenstein, redomado antinacionalista, para entender esa variante de la dicha.
Es verano y estoy listo para tomar la autopista Bernhard.